EBRO

En otros tiempos, el río se asomó del más alto de los balcones. Él mismo lo había construido con mimo y furia: todo el terreno era suyo, lo había conquistado, de hecho, mucho antes de nacer. Poco a poco la tierra se fue abriendo y el río bajó hasta el segundo balcón. Su descenso desenterró el color rojo, no de sangre, sino más bien de piel expuesta a la atmósfera por primera vez. Otros miles de años entrelazados en vida y muerte redujeron el río a una pincelada limpia y suave; los que lo contemplaban desde sus antiguos balcones lo juzgaban inofensivo. Él, desde su yacimiento, admira la perspectiva más afortunada de su obra, ahora salpicada de eventuales humanos, y se recuerda que el suelo, la roca, los árboles y el cielo, todos son tan suyos como siempre lo han sido.

Desde su balcón, el río admira su obra y se recuerda que todo es tan suyo como siempre lo ha sido.
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  • TítuloEBRO
  • PaísEspaña
  • AñoMarzo 2008