TINIEBLA

La comunicación con la naturaleza debe ser silenciosa. La quietud es una condición innegociable para lograr aquello que, aun sin saberlo, todos andamos buscando: hablar con los árboles, o, más bien, escuchar lo que ellos nos dicen en todo momento. Los árboles saben que no estamos dispuestos a perder nuestro tiempo –eso creemos, que lo perdemos- atendiendo a su susurro fluido y eterno, pero no desesperan: son pacientes. Se mueven con la inocencia de un niño que actúa como si no supiera nada de la vida, precisamente porque aún lo sabe todo sobre ella. Sospechamos que, si nos paramos a escuchar a los árboles, nos sobrevendrá una amenaza universal que nos obligará a reconocer algo que no nos gusta nada: somos pequeños, motas de polvo que apenas dejan su rastro en un todo infinito en el que ni los árboles más exuberantes pueden protegernos de la tiniebla del silencio.

Ante ellos somos motas de polvo, desprotegidas en la tiniebla...
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