ANDINO

Allí todo estaba perfectamente armado para que sólo el perspicaz hallara el sentido de lo incomprensible. Aparentemente incomprensible, claro. Porque bajo las placas de hielo salado, desperdigadas por obra y gracia de un golpe alevoso y anónimo, permanecía el agua quieta y dadora de vida, y aún por debajo de ella, tímidamente oculta, asomaba apenas la tierra, que, bajo la mirada impasible del volcán, reivindicaba su lugar en aquel paisaje. Lo rodeé una y mil veces, tratando de desenterrarlo de su absurdo. Aún hoy no sé si lo conseguí, ni cuánto.

Aún hoy no sé si logré desenterrar el misterio de lo incomprensible.
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