DE HAYEDO

El bosque es ese organismo quieto que parece no inmutarse ante la vida que recorre sus venas como la sangre nueva del recién nacido. Los árboles: cada uno en su casilla de la tremenda cuadrícula terrestre, no sabemos si admirando el agua veloz con que comulgan sus raíces en el escondite privado que comparten, o quizás indiferentes ante ella, que es siempre y nunca la misma, que cambia y es una sola en la eternidad de la naturaleza. El agua corre sencilla, blanca, y su inherente alegría rodea los dedos de los árboles y, con ese abrazo, los convierte en verdes, marrones, ocres, naranjas y amarillos, nunca iguales.

El agua corre sencilla y blanca y convierte a los árboles en verdes, marrones, ocres, nunca iguales.
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