VICTORIA

“¡A ver quién gana!”, decíamos de niños. Jugábamos, pero era un juego de miradas de reojo, de zancadillas sin autor. Todos queríamos ser el más rápido o el más fuerte en la carrera o en el pulso. Crecimos, y sustituimos unos juegos por otros. Los nuevos parecían más serios e importantes: eran los juegos de la supervivencia. Ya no jugábamos por placer, sino movidos por una mezcla de imitación y miedo al vacío… quizás también miedo al silencio. Competíamos por una luz inalcanzable y, en nuestra carrera vertiginosa, no reparábamos en las acículas que se desprendían de nuestros cuerpos y anegaban el suelo bajo los pies, matándonos desde las raíces, impidiendo que nada más pudiera crecer allí.

En la carrera por ser más rápidos, más fuertes, desprendemos las acículas que impiden que otros crezcan.
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